Haciendo malabarismos económicos estoy con esto de los muebles. Ya mismo tengo donde sentarme, pero no tendré con qué calentarme. Y cuando tenga con qué calentarme, no tendré una mala tele para ver las noticias por las noches, y cuando tenga tele, tendré que pensar en una minúscula lámpara para no encandilarme con la bombilla suelta...
... ¡¡¿¿Cuándo demonios se va a acabar todo esto??!!
Para olvidarme de todo esto, este fin de semana me he pegado una escapadita a Nerja. ¿Y por qué a Nerja? Qué pregunta más tonta. Pues porque unos amigos tenían un apartamento allí y me han invitado.
No podía ser de otra forma.
Allí tendríais que vernos a mis amigos y yo, a lo Paco Martínez Soria, con una barra de pan, dos tomates y la mitad del cuarto de jamón para comernos un estupendo bocata en una paradita lluviosa y nocturna cerca de Granada, y un zumo de pajita para no ahogarnos entre el frío y las prisas.
Porque claro, nos ha llovido lo suyo, pero a nosotros plim. Daba igual que lloviera o que nos hubiera caído un sol de justicia, que nosotros teníamos claro que íbamos a sacar jugo de la escapada, y así lo hemos hecho (si hubiera nevado, reconozco que me habría jiñado. No puedo con la nieve. Se me congela la médula y no reacciono).
Para no mojarnos mucho, pensamos que lo mejor era ponernos a cubierto en plan Neanderthal. Y pensando, pensando, se nos ocurrió meternos en las cuevas.
Aunque quisimos quedarnos, personas malévolas nos echaron de las cuevas, y de ahí que se nos ocurriera ir a dar un paseo hasta el balcón de Europa, lugar en el que nos encontramos con Alfonso XII, quien tuvo la amabilidad de fotografiarse con nosotros con la condición de que lo tapáramos un rato.
Pero lo dicho, nosotros a lo nuestro, que era disfrutar. Buena compañía y buen paisaje. ¿Qué más podría pedir?
Ah sí, la cartera llena. Por pedir que no quede.
La poesía nunca fue lo mío.