Esto se va acercando a su desenlace final. Sólo voy a adelantar una cosa: no acabará en boda.
Mi recién adquirido hombre de confianza y encargado de organizarlo todo se me acercó por detrás con la deferencia británica que lo caracterizaba.
-Creo que me buscaba, señor Beinit.
-¿Está todo preparado, Micael? Debemos comenzar antes de media hora.
-Todo está listo, señor. ¿Quiere conocer a su contendiente?
-No es necesario, tan sólo recuerda lo que te dije: no quiero nadie patético obligado a punta de pistola, ni un desgraciado muerto de hambre.
-Esté tranquilo, señor. A su rival sólo le mueve la codicia. Ofreciendo toda su fortuna al que consiga derrotarle, debo reconocer que yo mismo estuve tentado a hacerlo.
-No quieras tener tanto. Pronto serás un hombre rico si me sigues sirviendo bien.
-Usted sabe cómo ganarse a la gente, señor Beinit –Micael se acercó y comenzó a susurrarme al oído-, aunque debo decirle que, en pro de esa riqueza que usted me ofrece y de su propia seguridad por la que con tanto ahínco velo, he instalado un dispositivo en su cabina para que su rueda nunca se pare en el gas. Basta pulsar este pequeño artilugio que llevo en el bolsillo...–me enseñó discretamente lo que parecía un mando para coche que yo le retiré de inmediato. Sonreí ante la sinceridad y eficiencia de aquel hombre.
-No hará falta esto –él empezaba a protestar cuando alguien nos comunicó que la gente comenzaba a impacientarse. Le dije a Micael que debía salir a presentar el acto y explicar el funcionamiento del juego y las apuestas para hacer tiempo mientras llegaba Raquel, de quien me extrañó no saber nada. Guardé el mando en el bolsillo del pantalón, pensando que sería mayor la leyenda de mi valor y fortuna si mis propios empleados creían completamente en ella. Tomé la chaqueta que descansaba sobre una de las sillas, y busqué el teléfono en el bolsillo interior con intención de llamar a Raquel, pero vi la notificación de varias llamadas perdidas, todas suyas, y un mensaje de texto en el que me decía que habían surgido problemas pero ya estaba en marcha y llegaría en escasos minutos. Estaba preocupado porque durante la última semana había estado algo enferma y taciturna, y por un instante había temido por su ausencia. Mas al ver el mensaje sonreí. Tenía ganas de reírme como un crío. Me sentía el hombre más dichoso del planeta.
-Los contendientes –escuché decir a Micael por megafonía- darán su consentimiento públicamente para ser atados e introducidos en la urna. Una vez dentro, no podrán rectificar su decisión y cualquier demanda de escape será desoída. Una moneda al aire determinará quién será el primero en poner a prueba su suerte. Dentro de los seis botes se encuentran cinco gases inocuos con un toque de esencia de almendras amargas y un concentrado de gas de cianuro de hidrógeno, cuyo olor también es el de la almendra amarga. Tienen un folleto adherido a las mesas que les explicará las características e historia de este peligroso veneno. Si la suerte es favorable al jugador y el bote vaporizado es inocuo, otro de igual característica sustituirá al primero, de forma que siempre habrá seis frascos.
La idea de que todos los gases oliesen igual fue de mi amada Raquel. De esta forma, el pobre diablo que se enfrentara a mí no sabría si habían liberado el veneno o alguno de los placebos, incrementando así su angustia. Sencillamente perverso e ingenioso, como era ella.
-En cada turno –continuó Micael- se subastará entre los asistentes el derecho a pulsar el botón que detenga la ruleta y decida qué frasco será vaporizado en la urna. Dicha subasta durará no más de quince minutos.
Mi teléfono sonó con la melodía que le tenía asignada Raquel.
-¿Dónde estás? –me apresuré a decir en tono paternal e imperativo-. Deberías haber estado aquí hace más de una hora.
-Acabo de llegar, corazón. Siento el retraso. Hay mucha gente aquí y no sé dónde he de sentarme. No te veo.
Sonreí. Las mujeres sin un hombre, inclusive las más evolucionadas como Raquel, eran tan frágiles como un caracol sin concha.
-Sigo tras el escenario, pero salgo ya. Hay una mesa con tu nombre en primera fila. Dirígete allí enseguida –ordené.
-Voy, pero antes iré al servicio. Me meo desde hace dos horas.
-No tardes –dije antes de colgar y decidirme a salir al escenario.
-Por favor, rogaría que apagasen los teléfonos móviles y cualquier aparato distractor -Micael me miró visiblemente agradecido por mi aparición. Tal vez se estaba quedando sin cosas que contar-. Permítanme presentarles a todos ustedes al señor Sal Beinit -me sorprendió que la gente me aplaudiera como si me tratase de una superestrella, así que respondí a la ovación con una amplia sonrisa y una ligera reverencia. En primera fila, el vacío de la mesa de Raquel no dejaba de provocarme cierta sensación de malestar.
-Cuando usted quiera –me ofreció Micael señalando la campana de cristal.
-Aún no –respondí impaciente. Debía asegurarme de cumplir la segunda de las condiciones para que la suerte no me fuese adversa-. Espero a alguien.
En aquel momento Raquel apareció por la puerta del fondo. Estaba espléndida, vistiendo un elegante traje gris escotado y una pamela que ocultaba su frondosa melena rubia. Me sonrió desde lejos, y yo le devolví la sonrisa. Pronuncié en voz alta la fórmula acordada para consentir la entrada voluntaria y me senté en aquel sillón de cuero, dejando que las ataduras magnéticas se cerrasen sobre mi cintura, manos y pies. Raquel se acercaba ceremoniosamente, mostrando una belleza propia de una diosa, no dejando de sonreírme. En aquel momento en que mi puerta se cerraba herméticamente sentí que la amaba, y mi felicidad empezó a ser total. Tenía tantas ganas de reírme que, por intentar contenerme, no dejaba de proferir pequeños aulliditos nerviosos. Estaba ansioso por ver a mi presa, estaba ansioso por verle morir. Sentí un deseo apremiante de acariciarme, pero me contuve no sin cierta rabia.
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(continuará..., y acabará en el próximo post)
Ufff, esto está que arde. Al final va a ser verdad que el amigo Beinit va a ser un buenazo y se va a enamorar. Os lo dije, tal vez tenga redención. ¡Ayyy, gente de poca fe!
¿Alguien quiere una almendrita frita?