Menos mal que se empiezan a hacer las cosas con cabeza.
No hubiésemos tenido polémica si en la primera ley antitabaco se hubiera hecho todo como se debía, sin quedarnos a medias tintas con chorradas de número de metros por local.
Llevo unos meses discutiendo este asunto con un camarero amigo mío, fumador él, a quien cada vez que enciende un cigarrillo le digo con socarronería que lo disfrute, que pronto no podrá hacerlo dentro del bar. Él me responde con una sonrisa no menos socarrona y exhala el humo lo bastante cerca de mí como para intuir que podría molestarme.
Esta vez mi órdago ha resultado ser una escalera de color. Ayer volví a verlo y le dije que el futuro estaba aquí, que ya estaba aprobada la nueva reforma, y su gesto socarrón cambia a defensivo y visionario:
-Esto va a ser la ruina -me dice, intentando concienciarme. A mí-. En cuanto no se pueda fumar, la gente dejará de venir a los bares.
-La gente vendrá igual -le replico-. Lo único que pasa es que se saldrán fuera a echar el pitillo. En otros países europeos tienen leyes similares y no ha habido tanto dramatismo.
-Esto es España -me dice. Menos mal, porque por un momento me imaginé a Leónidas dándole una patada en el pecho al emisario del rey Jerjes a la vez que dice eso de "¡Esto es Esparta!"-. Aquí la gente, si no puede fumar, no entrará al bar.
Visionarios. En el país del lazarillo, el buscón, la pitonisa Lola y la Belén Esteban no es de extrañar que proliferen gentes con semejantes habilidades. Sin más decir, salgo del bar (hoy me he bebido una cerveza menos, por eso de que me van a bajar el sueldo) con la sonrisa puesta, como en la canción de Tequila.
Señores fumadores, no hay que dramatizar esto. Ayer vi un programa en el que los miembros de una asociación llamada fumadores por la tolerancia recogían firmas y criticaban que la nueva ley sólo buscara estrechar el cerco a los fumadores. He entrado en la web de esta asociación y predican que intentan educar al fumador en el respeto a los que no fuman. Pues bien, señores asociados, esta nueva ley es la fórmula mágica que buscaban, pues no hay mayor muestra de respeto de un fumador a otro que no lo es que salirse de un lugar público y echarse el pitillo lejos de su presencia. No recojan firmas y sean consecuentes con su propia filosofía... ¿o es que en el fondo no son tan tolerantes?
No seamos negros agoreros ni falsos profetas: el que quiera fumar puede seguir fumando. Los estancos no tienen por qué cerrar. Los bares no tienen por qué quebrar.
Cuánto me alegro de no tener que aguantar mucho más a los cipotes que te echan el humo y luego te vacilan diciéndote "¿Qué pasa? Aquí se puede fumar".






















