Si vienen a 100 km a la redonda, no me los pierdo. ¿Quién se apunta?
Este Robe no deja de sorprender con sus poemas:
-Cuando usted quiera –me ofreció Micael señalando la campana de cristal.
-Aún no –respondí impaciente. Debía asegurarme de cumplir la segunda de las condiciones para que la suerte no me fuese adversa-. Espero a alguien.
En aquel momento Raquel apareció por la puerta del fondo. Estaba espléndida, vistiendo un elegante traje gris escotado y una pamela que ocultaba su frondosa melena rubia. Me sonrió desde lejos, y yo le devolví la sonrisa. Pronuncié en voz alta la fórmula acordada para consentir la entrada voluntaria y me senté en aquel sillón de cuero, dejando que las ataduras magnéticas se cerrasen sobre mi cintura, manos y pies. Raquel se acercaba ceremoniosamente, mostrando una belleza propia de una diosa, no dejando de sonreírme. En aquel momento en que mi puerta se cerraba herméticamente sentí que la amaba, y mi felicidad empezó a ser total. Tenía tantas ganas de reírme que, por intentar contenerme, no dejaba de proferir pequeños aulliditos nerviosos. Estaba ansioso por ver a mi presa, estaba ansioso por verle morir. Sentí un deseo apremiante de acariciarme, pero me contuve no sin cierta rabia. Miré de nuevo a Raquel, más encendido aún por el deseo. Las ganas de reír eran incontrolables. Ella se detuvo junto a su mesa y leyó la tarjeta con su nombre. Cruzó su mirada con la mía y yo asentí con la cabeza.
Pero entonces hizo algo que me desconcertó. Dejó atrás la mesa, sin dejar de sonreír, con paso firme, dirigiéndose hacia las escaleras del escenario. Sin saber qué ocurría, observé cómo Micael la saludaba con respeto, como el que saluda a un cliente, y decía algo por el micrófono. Ella tomaba el micrófono y también decía algo al público. Maldiciendo la idea de insonorizar aquellas cabinas, empecé a gritar para llamar la atención de Micael, mas éste me miró un tanto atónito y se encogió de hombros antes de dirigir a mi chica hacia la otra cabina. Ella se quitó la pamela dejando al descubierto un pelo rojo recién cortado a cacerola. Fue entonces cuando el embrujo que había ejercido sobre mí se deshizo y pude recordar por qué me había resultado tan familiar su rostro la primera vez que la vi. Se dejó atar, sin perder la compostura, sin dejar de mirarme con una sonrisa pérfida. Yo comencé a entender. Al cerrarse su puerta, ella me dijo algo. No pude oírla pero leí sus labios.
(estás sólo)
(no tienes compañía)
(ahora me recuerdas, ¿verdad?)
Mi erección se había convertido en triste flacidez, y ya no tenía ganas de reír. Micael, ignorando mis gritos, lanzó una moneda al aire, la recogió y señaló hacia mí. Raquel, la chica de gris, sonreía con estudiada perversión en la urna de enfrente. Pensé con agonía en alguna forma de coger el mando que descansaba en mi bolsillo, mientras un hombre mayor de aspecto árabe hacía ejercer su derecho al primer turno, previamente comprado a alto precio, y pulsaba el botón que hacía girar mi ruleta de botes. Cuando ésta se detuvo, un bote desapareció por la ranura que yo mismo había diseñado e inmediatamente un gas fue vaporizado en la diminuta estancia. Confiaba en mi suerte, pero aquel olor a almendras amargas era más fuerte que todo mi aplomo. Todos olían a malditas almendras amargas, joder. Agaché la cabeza con ingenuidad, recordando que el cianuro de hidrógeno es menos denso que el aire y pronto ascendería hacia arriba. Entonces alcé la mirada para ver a Raquel. Ella ya no sonreía. Observaba mi agonía con la solemnidad de un tribunal inquisidor.
Aquel era día de cobro.
Mi recién adquirido hombre de confianza y encargado de organizarlo todo se me acercó por detrás con la deferencia británica que lo caracterizaba.
-Creo que me buscaba, señor Beinit.
-¿Está todo preparado, Micael? Debemos comenzar antes de media hora.
-Todo está listo, señor. ¿Quiere conocer a su contendiente?
-No es necesario, tan sólo recuerda lo que te dije: no quiero nadie patético obligado a punta de pistola, ni un desgraciado muerto de hambre.
-Esté tranquilo, señor. A su rival sólo le mueve la codicia. Ofreciendo toda su fortuna al que consiga derrotarle, debo reconocer que yo mismo estuve tentado a hacerlo.
-No quieras tener tanto. Pronto serás un hombre rico si me sigues sirviendo bien.
-Usted sabe cómo ganarse a la gente, señor Beinit –Micael se acercó y comenzó a susurrarme al oído-, aunque debo decirle que, en pro de esa riqueza que usted me ofrece y de su propia seguridad por la que con tanto ahínco velo, he instalado un dispositivo en su cabina para que su rueda nunca se pare en el gas. Basta pulsar este pequeño artilugio que llevo en el bolsillo...–me enseñó discretamente lo que parecía un mando para coche que yo le retiré de inmediato. Sonreí ante la sinceridad y eficiencia de aquel hombre.
-No hará falta esto –él empezaba a protestar cuando alguien nos comunicó que la gente comenzaba a impacientarse. Le dije a Micael que debía salir a presentar el acto y explicar el funcionamiento del juego y las apuestas para hacer tiempo mientras llegaba Raquel, de quien me extrañó no saber nada. Guardé el mando en el bolsillo del pantalón, pensando que sería mayor la leyenda de mi valor y fortuna si mis propios empleados creían completamente en ella. Tomé la chaqueta que descansaba sobre una de las sillas, y busqué el teléfono en el bolsillo interior con intención de llamar a Raquel, pero vi la notificación de varias llamadas perdidas, todas suyas, y un mensaje de texto en el que me decía que habían surgido problemas pero ya estaba en marcha y llegaría en escasos minutos. Estaba preocupado porque durante la última semana había estado algo enferma y taciturna, y por un instante había temido por su ausencia. Mas al ver el mensaje sonreí. Tenía ganas de reírme como un crío. Me sentía el hombre más dichoso del planeta.
-Los contendientes –escuché decir a Micael por megafonía- darán su consentimiento públicamente para ser atados e introducidos en la urna. Una vez dentro, no podrán rectificar su decisión y cualquier demanda de escape será desoída. Una moneda al aire determinará quién será el primero en poner a prueba su suerte. Dentro de los seis botes se encuentran cinco gases inocuos con un toque de esencia de almendras amargas y un concentrado de gas de cianuro de hidrógeno, cuyo olor también es el de la almendra amarga. Tienen un folleto adherido a las mesas que les explicará las características e historia de este peligroso veneno. Si la suerte es favorable al jugador y el bote vaporizado es inocuo, otro de igual característica sustituirá al primero, de forma que siempre habrá seis frascos.
La idea de que todos los gases oliesen igual fue de mi amada Raquel. De esta forma, el pobre diablo que se enfrentara a mí no sabría si habían liberado el veneno o alguno de los placebos, incrementando así su angustia. Sencillamente perverso e ingenioso, como era ella.
-En cada turno –continuó Micael- se subastará entre los asistentes el derecho a pulsar el botón que detenga la ruleta y decida qué frasco será vaporizado en la urna. Dicha subasta durará no más de quince minutos.
Mi teléfono sonó con la melodía que le tenía asignada Raquel.
-¿Dónde estás? –me apresuré a decir en tono paternal e imperativo-. Deberías haber estado aquí hace más de una hora.
-Acabo de llegar, corazón. Siento el retraso. Hay mucha gente aquí y no sé dónde he de sentarme. No te veo.
Sonreí. Las mujeres sin un hombre, inclusive las más evolucionadas como Raquel, eran tan frágiles como un caracol sin concha.
-Sigo tras el escenario, pero salgo ya. Hay una mesa con tu nombre en primera fila. Dirígete allí enseguida –ordené.
-Voy, pero antes iré al servicio. Me meo desde hace dos horas.
-No tardes –dije antes de colgar y decidirme a salir al escenario.
-Por favor, rogaría que apagasen los teléfonos móviles y cualquier aparato distractor -Micael me miró visiblemente agradecido por mi aparición. Tal vez se estaba quedando sin cosas que contar-. Permítanme presentarles a todos ustedes al señor Sal Beinit -me sorprendió que la gente me aplaudiera como si me tratase de una superestrella, así que respondí a la ovación con una amplia sonrisa y una ligera reverencia. En primera fila, el vacío de la mesa de Raquel no dejaba de provocarme cierta sensación de malestar.
-Cuando usted quiera –me ofreció Micael señalando la campana de cristal.
-Aún no –respondí impaciente. Debía asegurarme de cumplir la segunda de las condiciones para que la suerte no me fuese adversa-. Espero a alguien.
Los nueve años tardaron mucho en llegar. En aquel entretiempo mi vida dio muchas vueltas. Dejé de trabajar y me dediqué a dilapidar parte de mi pequeña fortuna en excelsos placeres. Sin importar el precio que habría de pagar después, tenía claro que iba a aceptar la suerte que me ofreció aquella extraña pareja de gris. ¿Mi alma, tal vez? Era toda suya, no me interesaba para nada algo tan etéreo. ¿Una parte de las ganancias? Para ellos, pues si todo funcionaba iba a ser tan asquerosamente rico que mi parte del todo seguiría siendo mucho. Mi plan ya estaba puesto en marcha. Era 6 de junio de 2013, un día elegido, llevaba un traje gris de Armani, calzoncillos grises, camisa gris, calcetines y zapatos grises. Había jugado a todo lo concebible, había invertido una millonada en bolsa y llevaba conmigo a la bella Raquel. Nada podía fallar.
-Nunca te había visto con uno de esos trajes grises elegantes que tienes, cariño. Hoy te veo especialmente contento – susurró a mi oído mientras me colocaba bien los hombros.
-Lo estoy. Tengo en vista unos negocios que no pueden fallar –acaricié su mano con cierta ternura-. Hoy no te separes de mí.
Conocí a Raquel tres años atrás. Trabajaba como secretaria en una de las empresas que adquirí a bajo precio y me atrajo en cuanto la vi. No pude dejar de mirar aquellos muslos turgentes, su larga y sedosa cabellera rubia, aquella mirada pérfida escondida tras insinuantes líneas de Rimmel. La deseé enseguida, como a muchas, pero vi algo en ella que la hizo especial. En cuanto me presenté como nuevo jefe, sacó dos carpetas de su cajón, las ojeó un instante y me enseñó varios documentos.
-Señor Beinit, si no realiza una serie de ajustes con carácter inmediato esta empresa nunca levantará el vuelo –me pareció osada y vivaraz. Me hizo gracia.
-¿Cuánta gente hay en plantilla? –pregunté.
-Dieciocho, conmigo –respondió de inmediato.
-¿Y qué tal se lleva con los compañeros?
-Bien, señor. El ambiente en general es bueno.
-Pues la primera medida será despedir a cuatro de ellos. Lo decidirá y efectuará usted misma.
La miré, esperando ver su rostro de horror, mas en cambio hallé una encendida mirada de perverso placer que no supe interpretar hasta la mañana siguiente, cuando los cuatro perjudicados pidieron cita para entrevistarse conmigo. La muy arpía había despedido a aquellos trabajadores con más familia a su cargo. Me encantó su idea, me pareció lo más sensual que había experimentado en los últimos meses. La hice llamar a mi despacho, ella entró sonriendo con inocencia, y entonces la tomé contra la pared sin que ella opusiera la más mínima resistencia. Cuando acabé me senté en el sillón, totalmente extenuado, mirando cómo se recolocaba la falda con la exquisita sensualidad de una diosa del amor.
-Tu cara me resulta familiar –le dije en un intento de romper aquel incómodo silencio.
-Hace años trabajé como modelo –respondió con naturalidad-. Aparecía en catálogos y folletos.
-Sí..., será eso –ella recogió su carpeta del suelo y la colocó sobre mi mesa, sin alzar la mirada. Yo así con fuerza su muñeca, obligándola a mirarme -¿Qué te ha parecido esto que ha pasado?
Deseaba que se echara a llorar. Deseaba que amenazara con denunciarme. Deseaba ver cómo de aquel rostro frío y bello se desprendía aquella máscara de impavidez. En cambio, ella soltó mi presa con suavidad y me miró con una pícara sonrisilla.
-Sinceramente, esperaba más de usted –se limitó a responder con cierto desprecio mientras salía.
Aquello consiguió enfurecerme como no lo había hecho nada en toda mi vida. Nunca una mujer había discutido mi hombría. Pasé varios minutos intentando calmarme, y cuando por fin lo conseguí, decidí que Raquel sería mía, costase lo que costase. Y ella no se resistió a serlo.
Conocerla ha supuesto toda una revolución en mi vida. Ella comparte todos mis pequeños vicios, los entiende, los aprueba, me los facilita. No le importa compartirme con otras, no le importa sufrir vejaciones, ella parece feliz a mi lado. Ora mansa y sumisa, ora una víbora despiadada, se ha convertido para mí en la compañera ideal. No quiero pensar en el amor porque no creo en él, aunque a veces, al verla dormida, he sentido una extraña punzada en el pecho que me ha desconcertado a la vez que asustado.
Pero no puede ser amor porque yo no amo.
(continuará...)-Una insignificancia –comentó con desdén-. Nosotros se la ofrecemos toda. Imagínese: mujeres, fortuna ilimitada, sus mayores sueños, sus mayores perversiones, todo hecho realidad –expiró sobre la mesa una espesa bocanada de humo que de repente empezó a tomar formas y siluetas.
-No le creo –en aquel momento una chica explosiva me ofrecía desde el humo sus encantos más ocultos.
-Cómprenos la suerte y creerá.
-¿Y cuál es el precio?
-Pedimos mucho pero no podemos decírselo en este momento.
-No voy a comprar algo cuyo coste desconozco –la chica explosiva había dejado paso a una niña de no más de once años, desnuda en una cama, llorando y suplicando. Me había vuelto a excitar, tanto que no pude evitar tocarme por debajo de la mesa.
-Por supuesto, pero nuestra política de ventas es rigurosa: no se puede hablar del precio. Se cobra y ya está. Nosotros le enseñaremos la técnica para que tome una muestra, sólo una, y usted valorará el producto. Nunca más volverá a verme. Si la utiliza una segunda vez consideraremos que acaba de adquirir el producto, y en algún momento mi compañera aquí presente acudirá a usted para cobrar. Podrá usar la suerte tantas veces como quiera, siempre que cumpla los tres requisitos.
El humo se desvaneció cuando, sin poder controlarme, mi respiración ya empezaba a ser evidentemente agitada.
-Pruebe usted, es gratis –el hombre sonrió dando aspecto de auténtico vendedor. Me llevé la mano a la cara simulando rascarme la nariz, aunque en realidad me encantaba el olor de mi propio cuerpo.
-Está bien. ¿Qué debo hacer? Hábleme de esos tres requisitos.
-Escuche con atención. En primer lugar, necesitará usted vestir completamente de gris: esto le identifica como uno de nosotros. En segundo lugar, usted llevará consigo un talismán, que no será más que una acompañante femenina. Por último, la suerte sólo llega en fechas concretas de las que no podemos contarle demasiado, así que necesitará averiguarlo por sí mismo mediante pequeños cálculos y paciencia. Estos días son conocidos como días elegidos o días de ofrenda. Tenga cuidado porque si en alguno de estos días incumple alguna de las dos primeras condiciones, la suerte se pondrá totalmente en su contra.
-Hábleme de esas fechas –le pedí, un tanto impaciente.
-Por supuesto. Hoy es día 18 de junio de 2004. Tendrá una oportunidad para probar el próximo día 24, y después ya no tendrá más oportunidades hasta el 6 de junio del 2013, dentro de nueve años. Usted realice sus propios cálculos y averigüe la pauta que siguen los días elegidos. Aproveche para probar el producto.
La pareja de gris se incorporó y sin esperar a que les acompañara tomaron la salida. Aunque estuve más de media hora mirando por la ventana, no pude verlos salir del bloque, y me pregunté si no habrían entrado en casa de cualquier otro vecino.
Y entonces comencé a pensar. Sin estar convencido de nada, pensé que poco sería lo que perdería por probar, de modo que me preparé para el día 24. Compré todos los décimos que pude de un mismo número y jugué a la primitiva. Pasé toda la tarde de tiendas, buscando ropa gris. Lo más difícil fue encontrar una chica. Últimamente me había hecho muy popular en la zona, y una injusta fama de putero y maltratador se había visto molestamente extendida. Tras vanos intentos con antiguas amantes, tuve que recurrir a un prostíbulo y pagar una fortuna por llevarme todo el día a la más fea y barata del local. Pero al fin estaba todo preparado, de modo que me senté y esperé.
-¿Te la chupo, morito guapo? –me dijo la puta con una mano ya metida en la bragueta.
-Antes me la corto. Ve al mueble-bar, échate una copa y estate quietecita sin que se te oiga. Si hubiera querido follar no habría traído a una sudaca gorda y asquerosa como tú.
La chica me miró con odio aunque hizo lo que le ordené. Pensé que si no ganaba sería por el mal fario que me había echado, y no tendría más remedio que darle hostias hasta que se le quitaran las ganas de mirar mal a la gente.
Pero gané. Mi cupón salió ganador y además fui el único acertante de la primitiva. No podía creer lo que me estaba sucediendo, aquello no podía ser casualidad. Era millonario gracias a no tenía claro qué pacto con el diablo.
(sus mayores perversiones, todo hecho realidad)
Recordé las palabras del hombre de gris y entonces comencé a gestar un siniestro plan para cumplir mi más oculta fantasía. Podría tener la seguridad de hacerlo y salir impune del acto. La suerte estaría de mi lado. Pero mi macabro plan tendría que esperar nueve años, hasta el próximo día de ofrenda. Mientras tanto, decidí disfrutar de mi nuevo status y, ¿por qué no?, follarme a aquella puta gorda. Por algo me encontraba de un humor excelente.
-El señor Faisal Beinit, supongo –dijo el hombre.
Me suelen gustar las visitas de vendedores a mi casa cuando no tengo nada que hacer. Me encanta seguirles la corriente, hacerles ver que estoy interesado no en uno sino en más productos. Observar su emoción contenida cuando les auguro buenas ventas, sus persistentes intentos de dejar documentos firmados antes de salir de casa. Entonces, después de tenerlos allí toda la tarde, miro el reloj y me sorprendo de lo tarde que es. Los invito a salir con fingida premura, ellos insisten en que dejemos algo medio cerrado porque se trata de una oferta única. Les digo que acostumbro a leer todo el contrato antes de firmar y carezco de tiempo, que me llamen al día siguiente para concretar otra cita, y ellos se marchan un tanto mosqueados aunque con su mejor sonrisa. Antes del mediodía siguiente ya te han llamado los muy canallas, no sea que te mueras, y es entonces cuando, con supuesta amabilidad, les digo que ya no me interesa y que no vuelvan a molestarme. Todo aquel pequeño ritual me produce un placer exquisito.
-Todos me llaman Sal. ¿Quién me busca? –por un instante pensé que no parecían vendedores porque, aunque se mostraban corteses y educados, no sonreían.
-Tenemos una oferta para usted que no podrá rechazar. Si nos permite pasar...
Les miré a los ojos y me hice a un lado con poca convicción. Seguía pensando que no tenían aspecto de vendedores, aunque hubieran hablado de una oferta. Cuando pasaron por mi lado me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo y sentí ganas de llorar. Joder, no había tenido ganas de llorar desde que era un crío.
Recorrieron mi casa como si la conocieran desde siempre. Con paso seguro, se dirigieron al salón y tomaron asiento en el sofá biplaza. Ella, una mujer con el pelo rojo fuego cortado a cacerola que escondía su belleza bajo aquel insulso conjunto gris de corte elegante aunque recatado, cruzó las piernas y se reclinó hacia atrás adoptando una postura cómoda. En cambio, el hombre se sentó en el filo, serio y erguido, y con un gesto osado aunque cortés me invitó a tomar asiento a la vez que me ofrecía un puro.
-Deduzco que fuma usted. Está todo lleno de ceniceros y la casa huele a humo –yo asentí con la cabeza, completamente aturdido sin saber por qué.
-No suelo fumar puros –acabé balbuceando.
-Éste le gustará. Cosecha especial del conocido de un conocido. Me han asegurado que hubo derramamiento de sangre mientras se recolectaban estas hojas. Se puede saborear un ligero gusto salado en el cielo del paladar –el hombre acarició el cigarro mientras esbozaba su primera media sonrisa.
-No sé de qué me habla –repuse mientras daba un bocado a un extremo y encendía por el otro.
-Fume y lo sabrá.
Sentí un placer inconmensurable con la primera calada. Cerré los ojos para percibir mejor aquella exquisita sensación inexplicable que recorría todo mi cuerpo y conseguía que recuperase el dominio sobre mí mismo.
-Veo que es de su agrado –dijo el hombre tras encender el suyo.
-Lo es –repuse extasiado-. Necesito saber dónde los consigue.
-En otro momento. Ese no es el motivo de nuestra visita, señor Beinit.
Desvié mi mirada a la pelirroja, quien me miraba con rostro impertérrito sin proferir palabra. Sentí como empezaba a encenderse en mí la llama del deseo. Deseaba poseerla, deseaba castigarla, deseaba matarla muy despacito. Tuve que dar un par de profundas caladas para salir del trance y volver a la conversación.
-¿Qué tienen ustedes que ofrecerme, pues?
-Le ofrecemos la suerte, señor Beinit –respondió el hombre de gris sin desviar su mirada de la mía.
-¿Qué tipo de suerte? –pregunté algo incrédulo.
-Suerte. Sin más.
-No me hace falta. Tengo toda la suerte que necesito.
Todos tenemos un lado oscuro. Una parte oculta de nosotros que nadie conoce. Una parte que tal vez ni siquiera nosotros nos atrevamos a explorar o reconocer. En esta historia se presenta a un personaje oscuro, posiblemente el más oscuro que he descrito nunca, y es curioso que cuando lo escribí pensé que daría asco.Volvió a mirar hacia atrás, ignorando toda precaución, pero ya no pudo distinguir nada claro. Tras blasfemar media docena de veces, se calmó y lanzó una pequeña y forzada carcajada, riéndose de la mala pasada que le había jugado su imaginación. Necesitaba nicotina en la sangre y nunca hubiera pensado que sería tan grave carecer de ella. Avanzó un par de kilómetros y tomó la primera salida que vio. Paró el coche en la orilla de aquel cambio de sentido y se bajó con el cigarro ya encendido. Observó que el cielo volvía a estar despejado y el sol brillaba cegador en el este, justo en dirección contraria a la que él llevaba. No le había gustado nada el cielo encapotado de minutos atrás, le había hecho sentir incómodo, absorto, como en un sueño. Miró el reloj y, sintiendo renacer un trocito de sí mismo con cada calada, decidió que el cliente podría esperar unos minutos mientras él usaba aquel cambio de sentido para volver atrás y echar un vistazo desde cerca al accidente.
Aunque creía encontrarse a escasos tres o cuatro kilómetros del lugar del siniestro, al no hallar nada recorrió más de veinte kilómetros sin ver la más mínima señal de que algo hubiese ocurrido. No había grandes frenadas en la calzada, ni cristales, ni trozos de vehículo en la cuneta. La guardia civil había desaparecido, y la grúa debía de estar ya bien lejos de allí. No creía posible que todo se hubiese evaporado tan deprisa, aunque sentía algo extraño en aquella mañana que no podía describir. Buscó el siguiente cambio de sentido para recuperar su ruta inicial. Incómodo, cansado, dolorido y desconcertado, volvía a apetecerle fumar. Sacó un cigarrillo del paquete y lo escupió con rabia, volviendo a sentirse de un pésimo humor. Junto a los cigarrillos, en el asiento del copiloto, vio el teléfono y lo cogió. Volvía a incorporarse a la autovía y de nuevo estaba en la dirección correcta, camino de Badajoz, aunque con más de quince minutos perdidos. Pulsó prolongadamente la tecla número tres y espero tan sólo dos tonos antes de recibir respuesta.
-¿Qué ha pasado? –preguntó su novia visiblemente preocupada- ¿Por qué me has cortado?
-No te preocupes, es que vi a los civiles y tuve que cortar.
-Te dije que tuvieras cuidado con el teléfono.
-Te dije, te dije –se burló Iván con desprecio-. Tú siempre lo dices todo.
-Claro que lo digo todo, porque tengo más cabeza que tú y no hago las cosas a lo loco. Y no me hagas burla porque yo no te he hablado mal. Si me vas a llamar cada media hora para darme por el culo pues te jodes y llamas a tu madre.
Iván sonrió mientras pensaba en lo previsible que era María. Bastaba una mala palabra para que ella se lanzara al ataque con tal retahíla de improperios que lo único que podía hacerse era esperar a que los ánimos se calmaran por sí solos. Para él siempre había sido una chica muy simple a la que podía manejar a su antojo sin más que accionar ciertas palancas. Pulse aquí para enfadar. Pulse aquí para hacer las paces.
-Oye –interpeló suavemente mientras ella continuaba con su monólogo-. Perdona.
-Esa disculpa ya me la conozco.
El cielo comenzaba a nublarse de nuevo. Volvió a pasar por la estación de servicio de antes, y observó que la autocaravana seguía junto al surtidor, repostando como si sólo hubiesen transcurrido segundos desde la última vez que pasó por allí. Enarcó las cejas, un tanto desorientado. Sintió que un hormigueo empezaba a recorrerle el estómago cuando una moto de gran cilindrada le adelantó a gran velocidad. En el horizonte, una recta con señales amarillas indicando obras aunque sin obreros ni camiones, justo al empezar el punto kilométrico 301.
-Joder, María, acabo de tener un “déjà vu” del carajo –se apresuró a decir.
-Vale, ahora cambia de tema.
-En serio, tía, estoy empezando a asustarme.
No le sorprendió ver el campo de tristes girasoles a su izquierda, ni los alcornoques en el lado derecho bajo los que una piara de cerdos negros rebuscaba afanosamente. Pensó que era normal ver las mismas cosas cuando se pasaba por un mismo sitio, pero aquella sensación desagradable en su estómago no desaparecía, y el hecho de ver a un hombre sentado tras una alambrada, en el punto más alto de un cerrillo, no le ayudaba mucho a convencerse de que nada extraño estaba ocurriendo.
(ahora va a silbar)
-¿Qué has dicho? –preguntó una voz lejana por el auricular.
El hombre miró al cielo, puso los dedos índice y pulgar en sus labios y, aunque no pudo escucharlo, silbó.
(el perro echa a correr)
-¿Qué estás diciendo, Iván?
Un pequeño animal de pelaje marrón que descansaba junto al hombre levantó las orejas y corrió en dirección contraria para agrupar al pequeño rebaño que apareció ante sus ojos al llegar al punto más alto del cerrillo.
-¡Me cago en todos los santos! –maldijo mientras se echaba un cigarrillo a la boca.
-¿Pero qué pasa? Iván, me estás asustando.
El camión parado con las luces de emergencia seguía ocupando parte del carril derecho, a la salida de una curva a la derecha. De nuevo le cogió por sorpresa, buscando el encendedor, y tuvo que actuar con agilidad para evitarlo. Escupió el cigarrillo, casi con una arcada.
-Esto es muy raro... –comenzaba a explicar cuando vio, por el rabillo del ojo, luces intermitentes en el carril contrario de la autovía-. Ahora te llamo.

Hacía ya un buen rato que le dolía la cintura y el cuello. Por enésima vez dirigió su mirada al salpicadero y observó que el reloj no funcionaba. Resopló, un tanto fastidiado, pensando en si podría arreglarse con más o menos trabajo. Finalmente decidió que, aunque a él le jodiera mirar el teléfono cada vez que quisiera saber la hora, la avería costaría mucho más de lo que representaba en sí un simple reloj. Tosió y con un gesto brusco volvió a quitar el aire acondicionado. Se encontraba de un humor de perros, molesto por aquel viaje, molesto por tener que llevar aquel coche, molesto por cada camión que retenía su paso y molesto porque necesitaba una ducha que no podría darse antes de entrevistarse con un cliente al que no se acercaría demasiado por temor a apestarlo. Sacó un cigarrillo del paquete, se lo llevó a la boca y recordó que su novia no quería que fumara en su coche. Harto de todo, escupió el cigarrillo y éste fue a parar al asiento del copiloto junto a seis o siete cigarrillos más. Tendría que pararse y fumar. Pensó que no le vendría nada mal un descanso después de conducir durante casi tres horas, pero tenía más o menos una hora para recorrer los casi cien kilómetros que lo separaban de Badajoz con aquella birria de coche.
Cientos de mosquitos estrellados en la luna delantera le molestaban la visión. Buscó sin acierto el botón del líquido limpiaparabrisas. Tras poner y quitar las luces de niebla, la corta, la larga y todo aparato eléctrico que hubiera en el coche, sacó el móvil del bolsillo y pulsó prolongadamente la tecla número tres. Al descolgar, pudo escuchar una voz dulce y femenina que reía en segundo plano y luego se disculpaba para saludarlo a él.
-Hola, cari, ¿qué pasa? –comentó alegremente.
-¿De qué te reías? –preguntó.
-Nada, que estoy aquí con mi hermana y me estaba contando unas cosillas. Ya te contaré. ¿Has llegado ya?
-¿Cómo voy a llegar tan pronto? Me queda un buen rato todavía. Estoy hasta los cojones de viaje.
-Bueno, tranquilo, Iván, que no te debe de quedar mucho. Conociéndote, seguro que ni has parado.
-Pues no, no he parado –replicó sin poder disimular el malhumor.
-¿Has fumado en mi coche?
Separó el teléfono de su oreja y lo miró con asco. Con gran esfuerzo contuvo las ganas de gritar por el auricular.
-No. Sigues teniendo tu precioso coche birrioso inmaculado y con esta mierda de olor dulzón de ambientador de la tienda a cien.
-Estás insoportable, tío.
Iván comprendió que estaba pagando su mal humor con ella y decidió disculparse a tiempo. Un austero “perdona” fue todo lo que su estado anímico le permitió conceder, pero ya era tarde y la disculpa poco creíble.
-Si necesitas fumar, paras y te fumas medio paquete, pero no me llames a mí para comerme el tarro. Y sobre el coche, ya sé que mi ZX es una mierda al lado de tu A6, pero da la casualidad de que tu cochazo está en el taller y el mío te está salvando el cuello en ese viaje...
El cielo estaba empezando a nublarse. Pasó junto a una estación de servicio en la que repostaba una autocaravana, e instintivamente miró el indicador de combustible para observar que estaba a menos de un cuarto. Una moto de gran cilindrada le adelantó como un cohete. Ante él, una recta con el asfalto pintado de amarillo indicando obras, aunque no había señal alguna de máquinas ni trabajadores. Un poste a su derecha señalaba la carretera por la que transitaba y el kilómetro 301. A pesar de la bronca que estaba recibiendo por teléfono, se sintió algo reconfortado. La voz de María tenía algún tipo de efecto sedante sobre su persona, y poco a poco notaba que su enfado se desvanecía y la calma volvía a apoderarse de él.
-...si lo sé no te lo dejo y te vas en burro –continuó ella-. ¡Joder! ¡Es que me llamas para ponerme de mala leche!
-Lo siento de verdad, cari.
-Una mierda –respondió ella suavizando el tono de voz-. Además, mi coche no lleva manos libres; no deberías hablar mientras conduces.
-No pasa nada. Por aquí no creo que se pongan.
A la izquierda podía ver un campo plantado de marchitos girasoles. A la derecha, un campo de alcornoques con cerdos rebuscando bajo los troncos. Más allá, en la parte más alta de un cerrillo, un hombre sentado tras la alambrada miró al cielo y silbó. Iván no lo oyó pero percibió el movimiento de sus labios, como si todo sucediera a cámara lenta. El perro junto a él levantó las orejas y salió disparado en dirección contraria para agrupar al pequeño rebaño que apareció ante sus ojos al llegar al punto más alto.
-No es porque te pillen o no, bobo, es porque te distraes.
-No te preocupes. Oye, mira, que te llamaba porque no sé dónde está el agua del limpia.
-En la palanca de la derecha del volante.
-Ya le he dado y nada.
-Dale hacia ti.
Hizo lo que ella decía y dos grandes chorros de agua le cegaron la vista por un instante. Los limpiaparabrisas se accionaron, dejando en principio la luna toda emborronada. Parado en la cuneta, invadiendo parte de un carril, un enorme camión con las luces de emergencia le obligó a dar un ligero volantazo para evitarlo. Después de tocar el claxon y maldecir en voz alta, volvió a repetir la operación con el agua, usando para mover la palanca la misma mano que sujetaba el teléfono. Entonces, por el rabillo del ojo, vislumbró en el carril contrario de la autovía luces intermitentes.
-Te dejo –se limitó a decir al teléfono antes de colgar y soltarlo donde pudo. Todo parecía indicar que se trataba de un accidente. Aminoró la marcha para echar un vistazo, pero el sucio parabrisas y los muros de cemento de la mediana no dejaban ver demasiado. Una grúa alzaba un ZX rojo, como el suyo, con la parte delantera destrozada. Al pasar justo por delante, giró la cabeza un segundo y se le heló la sangre al creer leer la misma matrícula que la de su coche. Volvió a mirar hacia atrás, ignorando toda precaución, pero ya no pudo distinguir nada claro.
(...)
Próximamente, la segunda parte.
Cuidado con la carretera.
El premio Blog que Brilla (¿mi blog brilla? En fin, creía haber creado este blog para hablar un poco de mi libro y martirizar cerebros ajenos) Pero de todas formas... ¡gracias She!